Una serie de catastróficas desdichas, o como el karma puede ser un cabrón con pintas.

Feb 1, 2015 | Personal | 1 comment

Me levanto un poco adormilada, pero contenta y optimista. No he dormido demasiado, supongo que por nervios inconscientes, aunque por fuera me siento tranquila y confiada.

Hoy tengo una entrevista con A. (no sé si a A. le gustará que le mencione aquí, así que le voy a llamar… Anacleto), el director de una importante empresa dentro del sector de los Recursos Humanos, y quiero que vaya todo bien. Ya tuvimos una entrevista hace una semana, y todo pinta estupendamente. Estoy muy contenta, pero esta vez quiero hacerlo mejor que la anterior, así que llevo toda la semana planificándome; no quiero que la cosa se eche a perder, y menos por algo que puedo controlar.

Voy preparándolo todo para salir una hora antes de nuestro encuentro, que será a las 12:30. En teoría me bastaría con media hora antes, pero no quiero llegar tarde. La vez anterior bajé en bus+metro y llegué bastante antes, pero esta vez iré en coche para ahorrar tiempo, ya que después de la entrevista he de salir pitando para el trabajo. Hay un cambio de planes con respecto al día anterior, porque iba a ir en pantalón corto, y finalmente decido ponerme unos piratas, que combinaré con una camiseta nueva, unos zapatitos muy monos de tacón y un bolso carísimo de Coach. Es el bolso más caro que he tenido en mi vida, pero en nuestra pasada entrevista a Anacleto casi se le salen los ojos de las órbitas a ver mi bolso anterior. He de reconocer que estaba destrozado, y eso que no tenía ni 6 meses. Es lo que tiene comparar cosas por internet.

Entre unas y otras, perros por aquí y pelos por allá, acabo saliendo a las 11:45, “sólo” 45 minutos antes de nuestro encuentro. Algo más tarde de lo que me habría gustado, pero igualmente, no debería haber problema. Pongo el GPS, y Siri no encuentra la calle. Siri es un poco cabezona a veces, pero no importa, le digo que me lleve a Serrano, que está al lado. Llego hasta Moncloa en un pis-pas, pero al empezar a callejear la cosa se va torciendo. Hay mucho tráfico, y todos los semáforos me están pillando en rojo. Empiezo a ponerme un poco nerviosa, porque no me gusta nada llegar tarde, y menos aún a una entrevista de trabajo. Mando un mensaje a Anacleto avisando de que llegaré 5 minutos tarde, y en ese momento veo un sitio para aparcar. Miro el mapa, y veo que sólo hay que andar un par de calles, así que decido aparcar allí mismo. Prefiero andar, que con tanto semáforo ya me estoy poniendo nerviosilla.

Antes de salir, me cambio mis botas de batalla por los zapatitos de tacón. Me pongo mi súper abrigo, saco mi súper bolso… y no puedo sacar mi súper cartera, porque me la he dejado en casa 😱 La noche anterior estuve comprándome unas cosas por internet (si, no aprendo) y me debí de dejar la cartera en la mesa. ¿¡Y ahora yo que hago!? ¡En mitad de Madrid, 5 minutos antes de la entrevista y sin poder pagar el parquímetro! Bueno, bueno, no te pongas nerviosa, a lo hecho, pecho. Fácil es decirlo, pero me tiembla un poco el pulso. Esta entrevista es muy importante, estoy muy ilusionada con ella, y no quiero echarlo todo a perder por un despiste tan tonto. Llamo a Anacleto, y le digo que estoy al lado… pero que voy a necesitar que me deje unos euros para el parking. En ese momento me doy cuenta de que puedo pagarlo con la aplicación de Telpark. Me despido deprisa de Anacleto, que ha sido super majo y ha tratado de quietarle hierro al asunto. Trato de usar la app, respondo como a medio millón de preguntas… y entonces va y me pide la tarjeta de crédito. ¡Puñetas! ¿No te estoy diciendo que no la llevo encima? En fin, no pasa nada, voy a ir al punto de encuentro y le pido 5€ a Anacleto. Vuelvo a buscar en el mapa… ¡Y me dice que tardo 25 minutos andando! ¿Pero qué…? Sí, está a dos calles de distancia, pero deben ser kilométricas. Termino de ponerme nerviosa, salgo corriendo (todo lo que me lo permiten los tacones) para el coche, me subo y arranco, ya sin cambiarme ni nada. Empiezo a dar vueltas por Madrid. Para arriba, para abajo, dando vueltas por la misma zona, pasan 20 minutos, y yo empiezo a estar bastante inquieta.

Veo un sitio libre y aparco. Miro mi calle. Estoy aún algo lejos, pero los semáforos siguen sin acompañarme, y creo que andando tardaré menos. Voy a cerrar el coche y de repente, a mi llave le da por no funcionar. Abro la puerta, la cierro, y el botón sigue sin ir. Fantástico. Decido que no es el momento de preocuparme por eso, y cierro con la llave manual. Obviamente, sigo sin poder pagar el parámetro. Tendré que correr al punto de encuentro, pedir prestados unos euros y volver corriendo para pagarlo. Y ya son las 12:50, y en principio yo me tenía que ir como tarde a las 14:10. Mientras ando-corro con esos zapatos que empiezan a caerme un poco mal, llamo a Anacleto, que está preocupado por si estoy bien. Le digo que sí, que he aparcado en tal calle y que voy para allá. Me dice que no me preocupe, que mejor coja el coche de nuevo y trate de aparcar en el parking de Serrano, que me dejará mucho más cerca del sitio, y así puedo pagar cuando me vaya. Me calma bastante, pero también refuerza mis ganas de trabajar con él. ¿A qué persona le tienes esperando media hora para una entrevista y aún así se preocupa por ti?

Vuelvo corriendo al coche con esos zapatos que parece que quieren matarme, para tirarme 20 minutos más dando vueltas. Por supuesto, los semáforos siguen siendo tan majos como el resto de la mañana. Las buenas costumbres no deben perderse. Empiezo a plantearme llamar a Anacleto y que hagamos la entrevista dando vueltas en mi coche. Tendría gracia, con su súper traje y sus buenas maneras en mi Tardis (un Aygo antiguo de color azul, con olor a vainilla y las ventanas llenas de puntitos de jabón). Encuentro una señal indicándome el parking, ¡Bien! ¿Será que mi suerte empieza a cambiar? Pues no, porque al llegar a la puerta veo un gran letrero donde pone “completo”. Empiezo a pensar que todo es una pesadilla. Mando otro mensaje a Anacleto. Pienso que como alguna cámara me haya visto mandando mensajes y cambiando GPSs, voy a tener una preciosa multa cuando llegue a casa. Ya no me extrañaría. Anacleto me responde “Esto yo lo he visto en alguna peli de David Lynch”. Yo pienso que el nivel de absurdo merecería que la dirigiese él junto a Jean-Pierre Jeunet y los Monty Python. Sigo dando vueltas, y el coche me avisa “Te estás quedando sin batería, guapa”. ¿Cómo? ¡Pero si estás conectado al mechero! Miro el cable, por supuesto, está roto, ¿Cómo no? Al final aparcaré y no podré llegar al sitio porque no sabré como. Quito el GPS para reservar algo de batería, y me dejo guiar por mi maravillosa suerte. Sigo dando vueltas. Veo otra señal de Parking, me acerco… ¡Y pone “Libre! OhDiosMio, creo que voy a llorar.

Al entrar en el parking me doy un golpe con algo. No puedo ni avanzar ni retroceder. Y un huevo. Piso el acelerador y paso por encima. Creo que he pinchado. Ya todo me da igual. Consigo aparcar, salgo corriendo con esos instrumentos del diablo en los pies. Noto que algo cae dando botes al suelo: se me ha caído un botón del abrigo. Ya me dan ganas hasta de echarme a reír. Sigo corriendo-saltando, creo que los rayos de dolor de mi pies tienen que ser hasta visibles para los transeúntes. Me asalta un chico de una ONG, para terminar de hacerme sentir mal, pero ve mi cara y me hace una reverencia para dejarme pasar. Debo ser un cuadro.

Llego al sitio en cuestión. Estoy hecha unos zorros, todo el glamour que me había preparado por la mañana se ha quedado dando vueltas por Madrid. Estoy sudando, todo el maquillaje corrido, la ropa descolorada, el pelo ni te cuento, he perdido el colgante que me regaló mi madre por el camino… pero he llegado. Más de una hora tarde.

Avanzo por el pasillo hasta donde está Anacleto. Está sentado delante de unos platos, y me dice que me siente, me tranquilice, y que me invita a comer.

Ya entiendo por qué he tenido tan mala suerte todo el día. Es el karma. Dar con este señor ha sido tanta suerte, que el universo tenía que nivelarse. No tiene otra explicación. Sonrío, trato de peinarme un poco con los dedos y recobrar algo de compostura, y empezamos a hablar.

¿HABLAMOS?

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